El tacto del césped virgen bajo sus pies la hacía
estremecer. Hacía tantísimo tiempo que no deambulaba por esos bosques tan
antiguos casi como el mismo tiempo…
Su larga melena blanca y las orejas puntiagudas que
sobresalían de ella dejaban claro que no era humana. Más alta. Más esbelta. Y
por mucho que a las otras razas les costase admitir, más hermosa. Sus ojos llenos de estrellas le permitían ver
en la más absoluta oscuridad como si fuese de día. Los tatuajes de su piel
mostraban su equilibrio con la naturaleza. Su cuerpo, alto y fibroso era
contrarrestado por su tierna mirada. Ella
era una elfa, y maldita sea, pertenecía a sus bosques.
En esta época de año empezaban a bajar las temperaturas por
las noches, aunque en estos bosques casi siempre era de noche. Aun así sabía
que no debía temer. Se había quitado la
armadura para que su caminata le resultara más cómoda. Tan solo llevaba sus togas y su caperuza, en un vano intento de que no la reconocieran. No quería tener que parar, faltaba muy poco tiempo.
Le gustaba andar descalza por esos bosques que la
vieron despertar por primera vez hace muchos, muchísimos años. Despertó
descalza, y andaría descalza por el bosque que la había visto siempre así. Toda su
armadura estaba bien guardada en las faltriqueras que colgaban de la grupa de
su montura, un hipogrifo plateado, casi tan blanco como la nieve virgen, y sobre todo, blanco como su mismo pelo. Hacían una buena pareja.
El viento frío le azotaba la cara y casi la despeinaba.
Había bajado de Plata. Apenas tenía prisa. Sólo quería
disfrutar de los sentidos de su bien amado bosque. Su olor, sus sonidos, su
tacto...
Recostada sobre su fiel amiga, cerró los ojos y dejó que su
subconsciente vagase por todos esos recuerdos que le traía el frío.